Una de las tradiciones más emblemáticas de México es la celebración de Día de Muertos. Las veladoras en los panteones, las flores de cempasúchil, el incienso y los platillos que acompañan la visita de las almas son estampas reconocidas a nivel internacional.

En la segunda edición del desfile del Día de Muertos en la Ciudad de México, la algarabía acompañó a más de 1,500 voluntarios, carros alegóricos, marionetas gigantes y múltiples catrinas que transitaron sobre el Paseo de la Reforma hasta la planta del Zócalo para bailar y escenificar la magia de un día único en el mundo.

Desde el Fuego Azteca que recordó al Mictlán y a los guerreros prehispánicos que sobre un tzompantli siguen su camino hacia el inframundo azteca, hasta las calaveras monumentales, las voladoras, los titanes carnavaleros, las calaveras rumberas, los diablos salseros y los seis cabezones carnavaleros, ejemplificaron a esqueletos alegres, siempre en fiesta.

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Este año el desfile enalteció a dos de las comunidades más visitadas durante estos días: Xochimilco, que capturó las miradas con la representación de una trajinera y Janitzio, que con sus mujeres lloronas, compartían sobre su carro alegórico el dolor por sus muertos.

México es amor, y ese amor también desfiló con un carnaval de los enamorados y dos calaveras recién casadas que beso a beso se juraban amor eterno. Un amor que no se olvida y que con el puño en alto marcaron historia al tener a miles de héroes que trabajaron día a día para rescatar a aquellos que quedaron atrapados durante los pasados sismos de septiembre.

Un desfile, una celebración y tradiciones que elevan a México como aquel elegante catrín que estuvo a la cabeza de la comitiva, y que danzó sobre aquella tierra de Tenochtitlán.

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